Salimos temprano para aprovechar el día, que amenaza lluvia. La primera parada es en Povoaçao, una pequeña localidad en la costa sudeste de la isla. Tiene un pequeño pero agradable puerto con algunas esculturas dedicadas a los navegantes y defensores de la isla. En verano se puede aprovechar para darse un chapuzón pero la playa es de piedra y muy estrecha. Nos acercamos a ver la iglesia local antes de dejar el pueblo.

Desde ahí nos dirigimos montaña arriba en dirección a Faial da Terra. No está muy lejos, pero es una estrecha y sinuosa carretera de montaña. Se tardará unos 20 minutos desde Povoaçao. El pueblo no tiene apenas interés si no fuera por la fantástica caminata hasta la cascada de Salto do Prego. Fue uno de los sitios que más nos gusto de la isla. El paseo es por un sendero de montaña con cierta pendiente pero no hace falta estar en excesiva forma física. Serán 45 minutos a través de bosque y campos de cultivo.

 

La recompensa es una auténtica maravilla. Una enorme cascada en medio del denso bosque y sola para nosotros. A lo largo del sendero solo encontramos una pareja en dirección contraria. En verano quizá haya más gente, pero en ningún caso creo que esté masificada porque no es un lugar muy promocionado. La vuelta se hace en algo menos de tiempo porque hay más tramos cuesta abajo.

   

Volvimos al coche y tomamos rumbo a los acantilados del este. En 30 minutos aproximadamente llegamos al mirador Ponta de Madrugada. Como en otros muchos lugares de San Miguel hay unas pocas mesas para poder organizar un almuerzo. Las vistas de los acantilados, una vez más,  son increíbles. En los merenderos de esta zona hay muchos gatos, algunos de ellos con un precioso pelaje largo. Lo malo es que en algunas zonas hay un fuerte olor a pis.

4 kilómetros más adelante está el mejor mirador de esa zona de la isla, el Miradouro da Ponta do Sossego. Hay un gran parking y el acceso es a través de esmerado jardín perfectamente cuidado. En la parte más cercana al acantilado hay varias mesas con parrillas y más gatos.

 

Continuando la carretera durante 4 kilómetros se llega al faro de Arnel, el segundo más grande y el más bonito de la isla. Hay un pequeño aparcamiento junto a la carretera principal y desde ahí hay unos 500 metros con tramos de pendiente máxima. También se puede bajar con el coche pero quizá sea un poco arriesgado con un coche de alquiler de baja potencia.

 

Desde allí emprendimos el camino de regreso con parada en el pequeño pueblo de Nordeste para ver la vistosa iglesia local. Es del mismo estilo de otras de la isla, pero con un toque más refinado.

A partir de ese punto la carretera es mucho mejor y nos dio tiempo para ver la espectacular cascada de Ribeira do Caldeirões. El acceso es gratuito y hay un gran aparcamiento, así que supongo que en verano estará bastante concurrida. Tiene una altura de unos 15 metros y un generoso caudal. En Navidades instalan un nacimiento en las laderas adyacentes a la cascada.

 

Está situada en un precioso entorno y además de la cascada os aconsejo visitar la zona del río. Allí hay una zona con un molino y zonas ajardinadas junto a la rivera del río. También hay otra cascada más pequeña. Para los más aventureros se organizan también descenso de cañones en esa zona por 45€ / 3 horas. Para más información podéis en Living Tours o Azores Adventures Islands.

   

Restaurante:

O Churrasco. Agradable sitio pero con comida sin demasiadas pretensiones. Pedimos unas sardinas y carne asada con risotto, una de sus especialidades. La carne no era ninguna maravilla y el risotto bastante mediocre. Precio: 15-20 aprox/persona con bebidas.

 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *